Cuando la ciudad se duerme, las luces se apagan y las sombras toman sus calles, es cuando llego a casa. Entonces, me siento delante de la pantalla y la enciendo. Su fría luz me ilumina los ojos, pero no calienta mi piel. Delante de mi, un cursor parpadeante espera mi primera palabra. A kilómetros de allí, otra fría luz ilumina otro rostro. De repente un sonido seco se escapa de los altavoces conectados al ordenador. Es un mensaje nuevo. Lo abro. Es ella. De repente, la fría luz se vuelve cálida. "Hola!". De nuevo el cursor espera inquieto a mi respuesta. Las palabras fluyen solas, una detras de otra, como las notas de una bella sinfonía para dos instrumentos. Mi pulso se acelera. Los segundos corren sin piedad, acelerando el tiempo sin contemplaciones. Risas, alguna canción, algún video de la red. "Tengo ganas de verte". Se me escapa solo, casi sin pensarlo. Mi mente parece hacer cedido el control al alma. Tarda en contestar. El tiempo se congela. 'Mierda', pienso. El cursor se mantiene parpadeante, pero esta vez lo hace más lento. "Yo también", contesta. Recupero la respiración. Ahí, en ese momento, todo cambia de repente. Algo me dice que tardaré en volver a verla. Quizá incluso en volver a hablar con ella. "Me voy a dormir". La luz se vuelve fría de nuevo. Y las sombras se acuestan a mi lado una noche más. Sé que debería rendirme, dejar de volver cada noche al brillo de esa luz fría, pero es mi luz, y es lo que me guía a seguir. Algún día, los miedos se desvanecerán, no habrán más cursores espectantes ni kilómetros de distancia. Las noches dejarán de ser protagonizadas por mensajes y dejarán paso al calor de dos cuerpos abrazados alcanzando sueños no escritos. Entonces, miraré a los ojos que se escondían detrás del cursor y podré decir: "ya te dije que valía la pena luchar".
22 febrero 2012
16 diciembre 2011
Ocho minutos
Tengo ocho minutos para ducharme, vestirme, hacerme el café y volver a mi jaula. Abro el grifo de la ducha sabiendo que el café tendrá que esperar a cuando llegue a mi jaula. Llevo no sé ya ni cuantos días seguidos sin comer decentemente. Empiezo a notar como este cuerpo que me sirve de envase se debilita, y realmente me importa poco menos que nada. El agua empieza a caer sobre mí. Sé que está caliente pero no lo noto. El patrón en el que llevo viviendo desde hace ya tiempo me recuerda que hoy estaré una hora más en la jaula. Hay cena de empresa así que he preferido quedarme quieto y solo para no verme obligado a comer y sonreír. Me dan asco. Me visto de forma autómata, sin fijarme en lo que llevo puesto. Otra vez los mismos tejanos y el polo de dardos. No me queda bien, pero nadie se fijará, lo sá. Me pongo la chaqueta, cojo el tabaco, mi fiel compañero, y salgo de casa. Al entrar en el metro el fuerte viento me despeina. Que rabia me da, mañana me corto el pelo. Lo vuelvo a pensar otra vez, como durante todos los putos días de este jodido mes de diciembre, pero se que no lo haré. Es mi manera de llevarme la contraria. Sigo vació. Entro en el último vagón, como siempre. Sé que no presto atención a nada, mi envase sabe lo que debe hacer. Miro a mi alrededor y solo veo parásitos. Me duele la cabeza y estoy cansado. Otra vez la choni del metro y los mismos viejos. Solo tengo ganas de verlos morir. Ya no me pregunto porque estoy así, he decidido que prefiero disfrutar de este odio que me emana. Y ya en Diagonal, se me pone al lado la típica puta pija con su iPad. Gilipollas. Otra fashion victim. Me dan ganas de degollarla y ver como su sangre chorrea por su cuello y cae en su mierda de iPad. Se libra porque me siento débil. Dos paradas y llego. Maldita necesidad de dinero para tener donde esconderme. Quiero irme, yo no soy de aquí, no pertenezco a este mundo. Vuelvo a tener callos en la punta de los dedos de la mano izquierda. Puta guitarra. No se porqué me empeño, ya no me gusta. Me los muerdo para arrancármelos. Me divierte. Me veo reflejado en los cristales. Tengo mala cara. Sera de llevar tantos días sin descansar. Ya no duermo, no quiero soñar. Eso es para los débiles de espíritu. Yo no tengo, así que no necesito soñar. Llego a mi parada. Sigo andando sin mirar, mis piernas ya saben el camino. Llevo casi año y medio haciendo lo mismo. Ducha, café, metro, jaula, cama. Odio a los viejos que se ponen en medio y no dejan pasar. Son lentos, hacen que me pare. Y no quiero pararme. Salgo y miro al cielo. Me gusta este gris. Voy con el polo de manga corta, me he quitado la chaqueta. Se que hace frio pero tengo calor. Estoy quemándome por dentro. Será la rabia contenida. O quizá que mi envase empieza a corromperse. Me da igual. Llego a mi jaula. Tarde otra vez. Subo los siete pisos en el ascensor y enciendo mi ordenador. Mientras se enciende, bajo a por mi café. Subo de nuevo. Me siento. Y miro la pantalla. No se porque he escrito esto si nadie lo va a leer. Nadie me ve. No existo. Porque estoy muerto.
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Realidad y Ficción,
Sobre mi mismo
14 diciembre 2011
Intenciones
Quisiera poder encontrar las palabras perfectas para cada
momento, para cada segundo, para cada lugar. Quisiera poder aprender a cantar
las más bellas canciones. Quisiera poder cultivar las mejores flores. Quisiera
poder volar. Quisiera poder enseñarte. Quisiera poder hacer tantas cosas. En
lugar de ello, me mantendré callado, escuchando cada uno de los latidos de tu
corazón; limpiando cada una de las lágrimas de tus mejillas; cuidando de ti, mi
más bella flor; recogiendo tus plumas y aprendiendo de ti.
¿Porqué? No hay porqués, es así de simple, pues lo que es simple, es puro, y aunque las palabras nunca podrán curar heridas ni sueños rotos, es mi única manera ahora mismo de decirte que aquí estoy y estaré siempre que tú quieras.
18 noviembre 2011
Deseo
Ojalá no te hubiera conocido, así olvidarte no sería tan difícil.
Ojalá no me hubiera perdido en tus ojos, así encontrar de nuevo el camino no sería tan duro.
Ojalá no me hubiera asomado a tu alma, así no viviría con este vértigo de no verte.
Ojalá pudiese odiarte, así mi pecho no ardería de rabia.
Las noches se han vuelto mis compañeras y la soledad duerme cada noche conmigo.
Ojalá no me hubiera perdido en tus ojos, así encontrar de nuevo el camino no sería tan duro.
Ojalá no me hubiera asomado a tu alma, así no viviría con este vértigo de no verte.
Ojalá pudiese odiarte, así mi pecho no ardería de rabia.
Las noches se han vuelto mis compañeras y la soledad duerme cada noche conmigo.
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